Juan Ignacio Gallardo: «Apreté los puños y pensé: “Hasta acá no llegué al pedo, tengo que aguantar”»
- Lara Fabiano
- 28 feb
- 10 min de lectura

Con apenas 19 años, Juan Ignacio Gallardo se consolidó como uno de los nombres jóvenes con mayor proyección dentro del karate argentino. El atleta rosarino atraviesa una etapa clave en su carrera tras un 2025 donde logró afirmarse tanto en el circuito juvenil como en la categoría senior.
Durante la temporada, Gallardo sumó resultados destacados en el plano continental: obtuvo la medalla de bronce en kumite U21 (-60 kg) en el Campeonato Panamericano de Monterrey, alcanzó el quinto puesto del Panamericano en la categoría senior y se consagró campeón con medalla de oro en los Juegos Panamericanos Junior de Asunción. Además, vivió un hito determinante en su evolución deportiva al participar por primera vez en un Mundial Senior, experiencia que marcó un nuevo punto de partida en su trayectoria.
Con la clasificación asegurada a los Juegos Panamericanos de Lima 2027, el karateca santafesino transita ahora una etapa enfocada en la preparación, la organización diaria y la construcción de objetivos a mediano y largo plazo. En esta entrevista, Gallardo profundiza en su rutina de alto rendimiento, su trabajo mental, la convivencia entre deporte y estudios universitarios y los desafíos que se proyectan en el horizonte internacional.
Juan Ignacio Gallardo inició su vínculo con el karate a partir de una historia familiar. Sus primeros acercamientos al deporte surgieron tras un descubrimiento inesperado en la casa de su abuela: «Mi papá era practicante de karate y fue integrante de la selección argentina, pero nunca me lo había comentado». La curiosidad apareció al encontrar fotos y una vitrina con trofeos: «Descubrí todo eso y después le pregunté. Ahí fue cuando me llevó al dojo donde él había arrancado».
Tras un año y medio, el rosarino se incorporó al Club Río Negro junto a su profesor Flavio Gutiérrez, donde comenzó su formación en el aspecto competitivo. Su proyección se hizo visible rápidamente: en su primer Campeonato Nacional, disputado en Córdoba, obtuvo el primer puesto. «En ese torneo estaba quien había sido coach de mi papá y me vio competir», señala. Aquella actuación derivó en su convocatoria al CeNARD, donde atravesó un proceso de preselección durante varios años hasta concretar su debut en la selección argentina en los Juegos Suramericanos de la Juventud Rosario 2022.
¿Qué diferencias hay entre aquellos entrenamientos iniciales y los actuales?
J. I. Gallardo: Cambió todo. Mi cuerpo y mi cabeza evolucionaron muchísimo, porque la madurez es completamente distinta. Cuando empecé a competir, quizás era muy bueno pateando o muy bueno con las manos, pero hoy soy mucho más versátil.
También hubo un proceso de maduración en equipo. Mi papá es mi entrenador, y cuando yo volví al karate, él también regresó. Arrancamos prácticamente de cero: él tuvo que adaptarse al nuevo reglamento y yo aprender a pelear desde una lógica deportiva.
Hoy los entrenamientos son mucho más complejos. Además, tenemos la posibilidad de trabajar en distintos espacios: podemos entrenar en casa, en el dojo o incluso en una plaza. Hay muchas formas de hacerlo, combinando siempre la preparación física con la técnica.
Cuando empezaste a competir en karate, ¿cómo fue compartir ese camino con tu papá?
J. I. Gallardo: Sin dudas nos unió aún más, pero también generó algunos roces. Sostener al mismo tiempo la relación padre-hijo y la de entrenador-atleta no siempre es fácil. Creo que a muchos les pasa algo similar. En deportes como el karate, donde los principios de respeto y jerarquía son tan marcados, manejar esos roles puede resultar complejo. A veces me olvido de que estoy en el dojo y le respondo desde el lugar de hijo: “Che, pero no es así, papá”.
Son situaciones que se dan naturalmente. Con el tiempo, de todas maneras, fuimos encontrando un equilibrio. Hoy la dinámica está mucho más consolidada y sabemos diferenciar mejor cada rol.

¿Cómo es un día típico en tu vida como atleta de alto rendimiento?
J. I. Gallardo: Depende mucho del momento del año. En vacaciones suelo tomarme un par de semanas para descansar y despejar la cabeza, aunque trato de no quedarme quieto. Siempre busco mantenerme activo, ya sea haciendo actividad física o moviéndome.
Durante el año la rutina es bastante estructurada. Me levanto alrededor de las 5.30 o 6 de la mañana. Estudio Ingeniería en Sistemas en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), así que antes de cursar repaso un poco. Generalmente estoy en la facultad desde las 7 o 7.20 hasta la una de la tarde. Después vuelvo a casa, almuerzo y, si puedo, descanso un rato o estudio. Más tarde voy a entrenar y suelo regresar ya de noche. Ahí toca cenar, repasar algo más y dormir. Ese es, en líneas generales, un día típico.
¿Cómo manejás la exigencia de los viajes y la competencia junto con la facultad?
J. I. Gallardo: Es difícil, muy difícil. Estudio ingeniería, que de por sí es una carrera muy demandante. Pero siempre tuve claro que, al menos desde lo competitivo, el deporte no me va a dar de comer a largo plazo. No es sencillo vivir del deporte cuando uno tiene muchas responsabilidades.
Por eso elegí una carrera que me guste y que también me dé herramientas para el futuro. Desde muy chico me interesó todo lo vinculado a la computación, así que Ingeniería en Sistemas fue un camino bastante natural.
Con los viajes, la verdad es que la facultad me acompaña muchísimo. Cuando tengo competencias o concentraciones, hablo con los profesores y encontramos la manera de reorganizar fechas. Nunca tuve grandes inconvenientes en ese sentido.
Después, claro, implica mucha organización personal. Viajo con la notebook, adelanto todo lo que puedo y, cuando vuelvo, toca hacer malabares. Pero se puede.
El año pasado comenzaste a competir en la categoría senior. ¿Notaste cambios en los entrenamientos?
J. I. Gallardo: En cuanto al entrenamiento en sí, no hubo un cambio drástico, pero sí aparecen otras exigencias. Creo que es algo que compartimos muchos atletas latinoamericanos: el karate está muy centrado en Europa y África, y para quienes competimos desde América se vuelve más difícil conseguir roce internacional.
Llegar a eventos como una Premier League, una Serie A o un Mundial implica enfrentarse a competidores que tienen una constancia de competencia mucho mayor. Ellos viajan, compiten y pelean todo el tiempo, lo que les da una viveza y una experiencia muy difíciles de igualar. En lo personal, sentí que en mis primeros torneos senior me faltó ese roce, sobre todo en detalles muy finos que a ese nivel marcan diferencias.
De todos modos, en los entrenamientos siento que vengo trabajando bien. Siempre buscamos mejorar, incorporar cosas nuevas e investigar. Muchas veces miramos a competidores de países como Jordania o Egipto, que hoy son referencia mundial, para adaptar metodologías o enfoques.
Mencionaste el Mundial de 2025. ¿Qué significó para vos competir en ese escenario?
J. I. Gallardo: Sinceramente, para mí marcó un principio. Lo viví como un punto de partida. Ya había tenido la oportunidad de competir en mundiales juveniles, como el de Turquía 2022, que fue prácticamente mi primer año en la alta competencia. En ese momento sentí mucho el impacto del entorno: el estadio, la magnitud del evento, el ambiente. Son escenarios a los que uno no está acostumbrado y que pueden abrumar.
Esta vez fue distinto. Llegué con otra experiencia, con mayor madurez, y me sentí mucho más cómodo. Por eso creo que el Mundial Senior de 2025, en Egipto, representa un inicio para mí. Es el lugar desde donde quiero proyectarme hacia adelante y seguir creciendo.

¿Cómo trabajás la preparación mental de cara a las competencias?
J. I. Gallardo: Trabajo mucho la preparación mental. Practico el método DeRose, que combina técnicas respiratorias y visualizaciones. Es una herramienta que me ayuda a llegar más tranquilo a las competencias y a tener claridad sobre lo que necesito hacer en cada situación.
En torneos importantes suelo preparar ese aspecto con bastante anticipación. Por ejemplo, para Asunción 2025 trabajé durante varios meses. En el Mundial de 2025 quizás todo fue un poco más imprevisto, así que tuve que adaptarme e improvisar más sobre la marcha.
Además, el sostén emocional también es clave. Hablo mucho con mi familia y con mis amigos, porque eso ayuda a mantener el equilibrio.
Muchas categorías se desarrollan en ambientes muy ruidosos, con mucho público, por lo que entreno la concentración. A veces trabajo con música o busco aislarme del entorno para enfocarme en mi cuerpo, en la respiración y fuerza. Es una forma más de entrenamiento.
Tras conseguir el oro en los Juegos Panamericanos Junior de Asunción, ¿qué significó para vos estar en lo más alto del podio?
J. I. Gallardo: Fue algo muy especial. Ser campeón panamericano era un objetivo que me había planteado desde el inicio y que, de alguna manera, también les había prometido a mis entrenadores y a quienes me acompañan desde siempre.
Incluso, durante mucho tiempo, lo veía como un logro lejano. Hasta me imaginaba antes consiguiendo una medalla en otros eventos internacionales que alcanzando ese título. Por eso, cuando finalmente se dio, lo viví como algo muy fuerte a nivel personal.
Sentí que era cumplir conmigo mismo, concretar algo que me debía. Es un recuerdo que todavía hoy me emociona. Fue algo que trabaje mucho.
¿Cómo viviste esos instantes finales en Asunción antes de que se confirmara tu victoria?
J. I. Gallardo: No lo podía creer. Pero hasta el último segundo traté de mantener la concentración. En un combate pueden quedar dos segundos y, aunque parezca nada, puede pasar de todo. No podía dejar que me ganaran ni la ansiedad ni las ganas de festejar.
Me acuerdo que apreté los puños y pensé: “Hasta acá no llegué al pedo, tengo que aguantar”. Cuando finalmente confirmaron el resultado, lo primero que quise hacer fue saludar a mi oponente.
Al salir, vi a todos los chicos que estaban conmigo en Asunción y a mi entrenador. En ese momento fue como soltar el aire. Sentía una presión muy grande, que para mí no es algo negativo. Al contrario, la presión es un privilegio. Poder liberarla después de un torneo así, contra rivales de tanto nivel, fue una de las sensaciones más fuertes que viví. Creo que ese título marcó un hito muy importante en mi carrera.
«Tengo una sensibilidad muy especial con el himno. Lo escucho y me largo a llorar, no lo puedo evitar».

¿Cómo fue el ambiente en Asunción junto al resto de los atletas?
J. I. Gallardo: Lo viví como una verdadera fiesta. Ser parte de unos Juegos Panamericanos no es algo que ocurra todos los días, así que intenté disfrutar cada momento. Más allá de la competencia, fue una experiencia muy enriquecedora. Me reí mucho durante el viaje, conocí gente increíble e hice muchos amigos, incluso de otros deportes.
Dentro de la delegación se generó un clima muy especial. Cada uno tenía su día de competencia, pero cuando no tocaba competir, nos acompañábamos entre todos. Íbamos a ver las pruebas de otros compañeros, alentábamos, hacíamos hinchada. Fue un grupo muy unido.
Además, en mi caso, el karate fue uno de los últimos deportes en entrar en acción y mi combate terminó siendo la última medalla argentina. Eso hizo que la emoción fuera aún mayor, porque estaban todos acompañando.
Recuerdo especialmente encontrarme con Paula Pareto, que es mi traumatóloga en el CeNARD. Ella tantas veces me había corregido cuestiones técnicas por molestias en la zona lumbar, así que cruzarnos ahí fue muy significativo. Incluso saludó a mi mamá, que la admira muchísimo. Fue una experiencia inolvidable, tanto por lo deportivo como por lo humano.
¿Cómo fue el recibimiento después de Asunción?
J. I. Gallardo: Fue algo muy lindo. Cuando llegamos a Buenos Aires desde Paraguay, a toda la delegación nos recibieron con festejos; estaban todas las familias y se vivió un clima muy especial. Después, como soy de Rosario, tuve que tomarme un micro.
Cuando llegué a la terminal, estaba toda mi familia esperándome. Incluso habían preparado algunas decoraciones, así que fue un momento muy emocionante. Además, la gente que viajaba conmigo se dio cuenta de la situación y también se sumó al festejo.
Al llegar a casa, mi mamá me tenía preparada una sorpresa. A mí me encantan las cosas dulces, así que me llenó la cama de golosinas. Fue increíble.
Después, cuando volví a la facultad, también fue muy lindo el recibimiento. Los profesores me felicitaron y con mis amigos hicimos un asado. Teníamos una promesa: yo les decía que iba a volver con una medalla y ellos me respondieron que, si ganaba, nos teñíamos el pelo. Cumplimos los tres.
En una publicación mencionaste que el año pasado encontraste «el camino para sacar tu mejor versión dentro del tatami». ¿A qué te referías?
J. I. Gallardo: Venía de un año bastante difícil a nivel personal. Sentía que necesitaba hacer un cambio muy fuerte, más que nada en lo interno. Fue un trabajo conmigo mismo, de ordenar la cabeza y reenfocar muchas cosas.
Ese proceso me ayudó a construir una fuerza de voluntad que en ese momento me costaba sostener. Hoy siento que es una herramienta que me permite salir adelante y mantenerme en la pelea muy activo.
El trabajo mental fue clave. Con el método DeRose y otras herramientas pude desarrollar una concentración mucho más fuerte para aguantar los tres minutos, y todos los combates, y que mi cabeza no se salga de su eje.
¿Cuáles son los principales objetivos que te planteaste para este año?
J. I. Gallardo: El mayor objetivo del 2026 es el Campeonato del Mundo en Polonia. Será mi último año dentro de la categoría juvenil, así que me gustaría despedirme con una medalla. Una medalla mundial es algo muy importante, es el sueño de cualquier atleta.
Muy pocos argentinos lograron subirse a un podio mundial, sólo 3, y me encantaría formar parte de ese grupo.
Aunque falta bastante, el torneo es en noviembre, ya vengo trabajando y preparándome mentalmente para ese desafío.
Además, este año también tendremos el Campeonato Panamericano en Río de Janeiro, donde se disputarán tanto la categoría Under 21 como Senior en la categoría -60 kg. Si todo se da como esperamos, competiré en ambas.
La historia de Gallardo es la prueba de que el alto rendimiento es un rompecabezas de muchas piezas: la familia, el equipo técnico, el estudio y, sobre todo, la cabeza. Cada pieza tiene un rol fundamental para llegar a completar la imagen que uno tiene en construcción desde el momento que decide ir por sus sueños. De aquel descubrimiento fortuito de los trofeos de su padre a subirse a lo más alto del podio en Asunción. Hoy, con la clasificación a Lima 2027 en el bolsillo y un Mundial en el horizonte cercano, Juani sabe que lo mejor, sin dudas, está por venir.



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